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EL IMPERIO BIZANTINO: SU HISTORIA
DESARROLLO CULTURAL-DECADENCIA


El Imperio Romano de Oriente, también llamado Bizancio o Imperio Bizantino, que se originó el  año 395 d.C., cuando el emperador Teodosio dividió el Imperio Romano en dos: Oriente y Occidente.
A diferencia del Imperio de Occidente, que fue destruido por los germanos en el año 476 d. C., el Imperio de Oriente, llamado también  Bizancio o Imperio Bizantino, logró sobrevivir a la amenaza germánica.  Por eso perduró por casi diez siglos, hasta el año 1453, en que los turcos otomanos ocuparon su capital, Constantinopla.
A lo largo de estos siglos, los bizantinos lograron fusionar la cultura de griegos y romanos los elementos religiosos de cristianos y paganos, y las costumbres orientales y occidentales.  De esta manera conservaron los aportes culturales de antigüedad y reelaboraron bajo nuevas formas.
Aunque hablaban griego, los bizantinos se llamaban a sí mismos romanos, pues se consideraban herederos de ese antiguo imperio.  Por eso, a Constantinopla, su capital  se la conocía también como la Nueva Roma.

ETAPAS EN LA HISTORIA BIZANTINA

a)      Los Inicios (Siglos IV – VII). Durante esta etapa, Bizancio tuvo que hacer frente a las invasiones de los libios, de los pueblos bárbaros del Danubio y, sobre todo, de los persas. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente (476), el emperador bizantino recibió del Senado romano las insignias imperiales de Roma que lo reconocían como único emperador y a Constantinopla como la única capital del Imperio. Hasta el siglo VII, Bizancio preservó las estructuras de la cultura romana tardía.
b)      Las Disputas (Siglos VII – IX).  Se incorporaron nuevos territorios al Imperio, que volvió a recuperar su naturaleza multiétnica.  Además, la cultura bizantina se difundió entre los pueblos esclavos.  Durante el siglo XI, Bizancio resistió los ataques de los turcos y pudo mantener cierto control.
c)      La Crisis (Siglos XII – XV).  En el año 1204, durante la Cuarta Cruzada, Constantinopla fue conquistada por los cristianos occidentales y sometidos como un principado latino  por más de medio siglo.  No obstante, fue esta su época de mayor esplendor en las artes, la teología y la literatura.

JUSTINIANO Y LA IDEA IMPERIAL (527 – 565)
El reinado de Justiniano marcó un hito en los primeros siglos de desarrollo de Bizancio.  Asimismo, constituyó el último intento para reconstruir el Imperio Romano de Augusto.  Justiniano era sobrino del emperador Justino.  Como él procedía de un estrato bajo de la sociedad era hijo de un simple campesino; sin embargo, desde joven recibió una excelente formación militar.  Al momento de su ascensión al trono, el Imperio Bizantino incluía la Península Balcánica, Asia Menor, Siria, Palestina y Egipto.  Sin embargo, Justiniano pensaba que el mundo cristiano debía tener una única autoridad política: El Emperador bizantino.
Con estas ideas  y con la ayuda de los generales Belisario y Narsés, Justiniano se apoderó de los territorios vándalos del norte de África, de Córcega, de Cerdeña y de las islas Baleares; conquisto Italia y Sicilia, dominadas  por los ostrogodos y, por último ocupó el suroeste de España visigoda. Luego Justiniano emprendió la reforma del Estado bizantino para renovar las bases sobre las que se asentaba el Imperio.  Reorganizó la administración central, residente de Constantinopla, que supervisaba a los funcionarios de provincias.
Además, decidió clasificar y editar las leyes romanas.  Para ello, encargo al jurista Triboniano la redacción del código de Justiniano, que incluyó todas las constituciones dictaminadas desde la época del emperador Adriano. Por otra parte, mejoró la situación de la hacienda pública y de la recaudación de impuestos, para sostener una organización civil y militar más eficiente.  A fin de soportar y replegar las constantes invasiones, llevó a cabo una reforma militar, su ejército multiétnico se reforzó con los soldados campesinos.  En el aspecto religioso, confirmó la preeminencia del emperador en asuntos eclesiásticos.  En adelante, el emperador podía convocar a concilios.  Esto le permitió mantener subordinada la Iglesia al Estado.  A esto se denominó Cesaro-papismo.
Justiniano murió en el 565, año en que concluyó uno de los periodos más brillantes de la larga historia bizantina.

EL IMPERIO DE SUS SUCESORES
Poco tiempo después de la muerte de Justiniano, los bizantinos perdieron  las posesiones conquistadas en Europa occidental y debieron afrontar el avance de los avaros, esclavos y búlgaros que presionaban para internarse en la península de los Balcanes.
Los persas, por su parte, se adentraron cada vez más en las provincias orientales del Imperio Bizantino.  Sin embargo, el peligro persa fue sustituido por el árabe, que se convirtió en el adversario más temible, pues en el siglo VII ocupó Siria, Palestina y el norte de África.  Entonces, el Imperio se redujo a Tracia, el Asia Menor y el sur de Italia.
En el siglo XI la situación empeoró, pues el Imperio Bizantino vio nacer un nuevo y mayor peligro: los turcos en especial la tribu de los seldjúcidas, que se apoderaron del Asia Menor.
Estos acontecimientos marcaron el inicio de la decadencia de Bizancio, que concluyó en 1453 cuando otra tribu de turcos, los otomanos, ocupó Constantinopla.

EL ESTADO IMPERIAL
En contraste con las monarquías germanas, el Imperio Bizantino contó con una sólida organización política.  El imperio constituía una monarquía teocrática en la que el Emperador o Basileus era considerado el delegado de Dios en la Tierra y, por lo tanto, un personaje sagrado.  Por eso, fue el Jefe de la Iglesia y, como tal, podía nombrar a los patriarcas.  Al Emperador se lo representó como a los santos, con la cabeza rodeada por un halo de luz.
Con un poder absoluto, el Emperador fue también el jefe supremo de la administración y del ejército bizantino.  Para su acción de gobierno contaba con tres instrumentos:
·      La Burocracia Civil: Conformada por funcionarios que eran verdaderos profesionales de la administración pública.
·      El Ejército: Muy numeroso, integrado por soldados de las más diversas nacionalidades.  En las zonas de frontera, la defensa se completó con los estratiotas, que eran soldados campesinos a quienes se les pagaba mediante la entrega de tierras.
·      La Iglesia Bizantina: Que, a diferencia de lo que ocurría en Occidente, se encontraba subordinada al Emperador.  Esta característica se conoce con el nombre de Cesaropapismo.

LOS PROBLEMAS RELIGIOSOS
La sociedad bizantina era profundamente religiosa: todas las actividades cotidianas estaban estrechamente ligadas a la religión.  Por ello, los pleitos religiosos o querellas envolvían a todo el pueblo y creaban serios problemas políticos.
Esto ocurrió, por ejemplo, con el Monofisismo, una corriente religiosa que sostenía que Cristo poseía una sola naturaleza, la divina, y que contrariaba a la posición cristiana que invocaba la doble naturaleza de cristo: humana y divina.
El Monofisismo fue muy popular en Siria y Egipto, por eso, estas regiones trataron constantemente de separarse del imperio.  Esto último facilitó su conquista por los árabes.

En el siglo VIII se originó otra querella promovida por los iconoclastas.  Estos sostenían que las imágenes religiosas o íconos llevaban a prácticas supersticiosas, porque se adoraba en ellas a la imagen y representada y no al  Dios verdadero.  Además, los iconoclastas buscaban disminuir el poder económico y social de los monjes.
A diferencia del Monofisismo, los iconoclastas fueron protegidos y estimulados por algunos emperadores bizantinos.  Este hecho provocó un distanciamiento entre estos monarcas y el Papa romano, que se oponía a esta corriente religiosa.
Este proceso culminó con el Cisma de Oriente entre la cristiandad occidental y la oriental, en 1054.  En tanto que la primera aceptó como jefe espiritual al Papa de Roma, el Oriente reconoció como jefe supremo al patriarca de Constantinopla.  La Iglesia de Oriente se llamó Griego-ortodoxa.

UNA ECONOMÍA FLORECIENTE
A lo largo de diez siglos de historia, Bizancio fue uno de los centros económicos más importantes del mundo medieval.  La economía bizantina fue mayoritariamente agraria.
Las grandes propiedades agrícolas estaban en manos de la Iglesia y de la aristocracia, pero también había pequeños propietarios que, con el correr de los siglos, desaparecieron, incorporándose a los grandes dominios como colonos.
Por otro lado, Bizancio no descuidó las actividades artesanales ni el comercio.  Este imperio desarrolló un importante comercio internacional.  Gracias a esta actividad, en los mercados de Constantinopla y de otras ciudades del Imperio se podían hallar productos de zonas tan diversas como por ejemplo la China, Persia y España.  Los artesanos bizantinos fabricaban, a su vez, numerosas piezas que se vendían al extranjero.
Por ello la moneda bizantina, el besante, fue aceptada en todos los mercados de la Edad Media hasta el siglo XI.  Se trató, por lo tanto, de una moneda internacional.


UNA CULTURA DE SÍNTESIS

La cultura bizantina fue una admirable síntesis de elementos grecorromanos, orientales y cristianos.  Las grandes obras del mundo clásico se recopilaron en las escuelas y universidades, como las de Atenas o Constantinopla, y en monasterios, como los celebres del monte Athos, en Grecia.
En la arquitectura, los bizantinos sobresalieron por la belleza de sus iglesias.  En sus construcciones usaron la cúpula sobre pechinas y la planta de cruz griega.
Los mejores ejemplos de esta obra lo tenemos en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla y, en Italia, en la basílica de San  Marcos en Venecia.  Los interiores de las iglesias fueron decorados con hermosos mosaicos que recubrieron con un lujo y color inusitados los ábsides y las cúpulas.  Por otro lado, la escultura bizantina produjo bellos relieves en placas de marfil.

LA DECADENCIA DE UN IMPERIO
La invasión de los turcos seldjucidas en el siglo XI privó a Bizancio de una de las zonas más ricas del Imperio: el Asia Menor.  A partir de este momento, el Imperio de Oriente vivió una lenta y paulatina decadencia que se manifestó en una severa crisis agraria y comercial.
Los bizantinos descuidaron su armada y el tráfico comercial cayó paulatinamente en manos de genoveses y venecianos.
Así, la ruina del Estado bizantino se hizo inevitable: debilitado en sus bases debió ceder territorios a distintas  potencias.  Por último, sufrió la invasión de los turcos otomanos. 
Cuando en el año 1453 los turcos tomaron la ciudad de Constantinopla, el Imperio se hallaba casi reducido a la misma capital.  Este hecho puso fin a mil años de historia.

EL ARTE BIZANTINO

Entre los distintos debates teológicos que se suceden en los dominios imperiales desde el siglo V, el más importante para el desarrollo artístico y cultural es el iconoclasmo.  En el año 726, el emperador de Oriente, León III el Isáurico, prohibió la veneración de imágenes; los iconoclastas se enfrentaron al Papa y aunque se restauró el culto en el 843, este acontecimiento supuso una ruptura definitiva con la antigüedad clásica.

EL ÍCONO

Es la representación de una imagen sagrada en cualquier material, aunque después se identificaría con la tabla, que alcanzó una devoción extraordinaria en el ámbito bizantino.  Tras superarse la crisis iconoclasta, se aceptó que las imágenes eran objeto de veneración y honor –ícono dulía-, aunque no de adoración.
Ello supuso, en general, una rigurosa codificación de los temas, la Virgen Madre (theotokos) o Cristo Padre (Pantocrátor) y, sobre todo de la representación: se trata de imágenes idealizadas, elegantes, muy estilizadas, con los rasgos anatómicos y del vestido definidos de forma esquemática y la expresión rígida e hierática, que invitan a una reverencia espiritual.

LA DECORACIÓN DE LAS IGLESIAS

Después de la crisis iconoclasta, cobra nuevo impulso la decoración interior de las iglesias, cuyos muros se cubren con representaciones religiosas realizadas en mosaico.  Allí aparece perfectamente caracterizada una iconografía bizantina que persigue asegurar el conocimiento del dogma ortodoxo.  La imagen de Cristo aparece en la bóveda, a donde el fiel mira en su invocación.  El ábside suele destinarse a la imagen de María con el Niño.  Entre los temas que más interesa destacar figura la redención, por la muerte de cristo, y el papel de la Iglesia, con los santos, los apóstoles, los arcángeles y los mártires.  La Crucifixión del monasterio de Dafni evidencia la reaparición de un tema que había estado ausente: la muerte en la cruz deja de ser algo infame para reconocerse  como un acto de amor, en el que se fundamenta la religión.  La sangre que emana del cuerpo de Cristo es fuente de vida.  Los rostros de María y Juan aparecen humanizados, dentro de un cierto neohumanismo griego, que se percibe en las artes plásticas tras la crisis iconoclasta, lo que conlleva una representación de su sufrimiento.




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